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Navarro, el señor de la Paz

Antonio Navarro Wolff: la vida de un hombre que cambió las armas por la paz y ayudó a construir la Constitución de 1991

El excomandante del M-19, firmante del acuerdo de paz de 1990 y uno de los tres presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 falleció este domingo 1 de noviembre, a los 78 años. Su historia estuvo marcada por la lucha insurgente, un atentado que casi le cuesta la vida y una extensa trayectoria política en la que defendió la participación ciudadana y la salida negociada a los conflictos del país.

Colombia despidió este domingo 1 de noviembre de 2026 a Antonio Navarro Wolff, uno de los protagonistas de las transformaciones políticas más importantes del país durante las últimas cuatro décadas. Su familia confirmó que falleció a las 2:42 de la tarde, a los 78 años, y solicitó respeto por la intimidad familiar durante su despedida. En el comunicado, sus allegados lo recordaron como el hombre de la paz.

Su nombre quedó vinculado para siempre a dos acontecimientos históricos: la desmovilización del Movimiento 19 de Abril (M-19) en 1990 y la construcción de la Constitución Política de 1991, que abrió el camino hacia una democracia más participativa, reconoció la diversidad étnica y cultural de Colombia y amplió los mecanismos de protección de los derechos fundamentales.

Sin embargo, la vida de Navarro Wolff comenzó lejos de los escenarios de la confrontación armada y de los grandes debates políticos.

Nació el 9 de julio de 1948 en Pasto, Nariño. Estudió Ingeniería Sanitaria en la Universidad del Valle, donde también desarrolló actividades académicas y docentes. Posteriormente realizó estudios especializados en ingeniería ambiental en la Universidad de Loughborough, Inglaterra.

Antes de convertirse en dirigente político, su trabajo estuvo relacionado con la salud pública, el saneamiento ambiental y el desarrollo rural. Participó en proyectos universitarios de investigación y planificación, una faceta menos conocida de quien años después sería uno de los rostros más representativos de la izquierda colombiana.

Durante la década de 1970, en medio de las movilizaciones estudiantiles y los cuestionamientos al sistema político del Frente Nacional, Navarro se acercó a los movimientos revolucionarios. En 1974 ingresó al M-19, organización insurgente surgida en el contexto de las denuncias de fraude en las elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970.

Dentro del movimiento llegó a ocupar la segunda comandancia, junto a Carlos Pizarro Leongómez, y participó en las negociaciones de paz con el gobierno de Belisario Betancur entre 1984 y 1985.

Su trayectoria insurgente formó parte de una confrontación que dejó víctimas, acciones armadas y profundas heridas en la sociedad colombiana. Pero también lo situó entre quienes, después de años de conflicto, apostaron por transformar una organización guerrillera en un movimiento político legal.

Uno de los episodios más dramáticos de su vida ocurrió en mayo de 1985, cuando sobrevivió a un atentado con una granada en una cafetería de Cali, mientras se encontraba vinculado a los esfuerzos de negociación de paz.

La explosión le ocasionó heridas gravísimas, la amputación de su pierna izquierda y lesiones que afectaron su capacidad para hablar. Tuvo que recibir atención médica fuera de Colombia, primero en México y posteriormente en Cuba.

Aquel atentado transformó su vida. Desde entonces utilizó una prótesis y convivió con secuelas físicas permanentes. Su particular manera de hablar, reconocible durante décadas en los debates públicos, era consecuencia de las lesiones sufridas.

Pese a lo ocurrido, Navarro continuó participando en los esfuerzos para alcanzar una salida negociada al conflicto armado.

El momento decisivo llegó en marzo de 1990, cuando el M-19 firmó la paz con el gobierno del presidente Virgilio Barco y dejó las armas para incorporarse a la vida política legal.

Navarro fue uno de los protagonistas de aquel proceso, junto con Carlos Pizarro. La decisión no solo significó el final de la actividad insurgente del M-19, sino que abrió un precedente para posteriores negociaciones con otras organizaciones armadas.

La transición, sin embargo, estuvo marcada por la violencia. El 26 de abril de 1990, apenas unas semanas después de la desmovilización, Carlos Pizarro Leongómez fue asesinado cuando viajaba en un avión hacia Barranquilla, mientras adelantaba su campaña presidencial.

El asesinato amenazó con poner en riesgo la confianza en el proceso de paz. Navarro, en lugar de promover el regreso a las armas, defendió la continuidad del camino político y asumió la candidatura presidencial de la Alianza Democrática M-19.

En las elecciones de mayo de 1990 obtuvo más de 750.000 votos, un resultado significativo para un movimiento que acababa de abandonar la insurgencia.

Pero su participación más trascendental estaba por llegar.

En 1991, Navarro Wolff se convirtió en uno de los tres copresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente, junto con el liberal Horacio Serpa Uribe y el conservador Álvaro Gómez Hurtado.

La presidencia compartida representó una ruptura con la tradición política colombiana, dominada históricamente por los partidos Liberal y Conservador. Por primera vez, un antiguo dirigente guerrillero participaba en igualdad de condiciones en la dirección de un proceso destinado a transformar las reglas fundamentales del Estado.

La Asamblea fue resultado de múltiples fuerzas políticas y sociales, entre ellas el movimiento estudiantil de la Séptima Papeleta, que impulsó la convocatoria de una Constituyente en medio de una profunda crisis de violencia e institucionalidad.

Navarro no fue el único arquitecto de la Constitución, pero sí uno de sus principales articuladores políticos.

En sus propios recuerdos sobre aquel proceso explicó que ninguna fuerza tenía la mayoría suficiente para imponer por sí sola las decisiones. Esa situación obligó a negociar, construir acuerdos y reconocer a sectores tradicionalmente excluidos de los espacios de poder.

Una anécdota que relató años después da cuenta de aquella particular composición: el exfutbolista y entrenador Francisco Maturana figuró en el puesto 19 de la lista de la Alianza Democrática M-19, una posición que parecía poco probable de alcanzar. Sin embargo, el movimiento obtuvo suficientes escaños para que también resultara elegido.

El episodio reflejaba la magnitud del respaldo electoral conseguido por una organización que apenas un año antes había dejado las armas.

La Constitución promulgada el 4 de julio de 1991 reconoció a Colombia como un Estado social de derecho, fortaleció la protección de los derechos fundamentales mediante la acción de tutela, amplió la participación ciudadana y reconoció el carácter pluralista y multicultural de la nación.

También estableció nuevas instituciones y mecanismos de control del poder público. Entre los cambios del nuevo orden constitucional estuvo la segunda vuelta en las elecciones presidenciales, una de las reformas que Navarro defendió.

Su participación en la Constituyente representó, además, una demostración de que los acuerdos de paz podían traducirse en transformaciones institucionales y no limitarse a la entrega de armas.

Después de la Constituyente, Navarro continuó su carrera política. Fue ministro de Salud durante el gobierno de César Gaviria, alcalde de Pasto entre 1995 y 1997, representante a la Cámara por Bogotá entre 1998 y 2002, senador de la República y gobernador de Nariño entre 2008 y 2011.

En sus administraciones territoriales promovió mecanismos de participación ciudadana, particularmente los cabildos y los presupuestos participativos, mediante los cuales las comunidades podían intervenir en la discusión de las prioridades de inversión pública.

Su gestión como alcalde de Pasto recibió reconocimientos nacionales, mientras que en la Gobernación de Nariño impulsó experiencias de participación territorial que buscaban acercar las decisiones administrativas a los municipios y sus habitantes.

También fue secretario de Gobierno de Bogotá durante un breve periodo de la administración de Gustavo Petro en 2012 y posteriormente participó en la consolidación de la Alianza Verde, organización con la que regresó al Senado entre 2014 y 2018.

A lo largo de su trayectoria mantuvo relaciones políticas con sectores de diferentes orientaciones ideológicas. Esa disposición al diálogo fue una de las características que acompañaron su papel en la Constituyente y en la construcción de acuerdos políticos.

Su vida también estuvo marcada por contradicciones propias de una generación que consideró la lucha armada como una alternativa de transformación social y que posteriormente reconoció en la negociación y la participación democrática un camino para impulsar cambios.

El legado de Navarro no puede comprenderse únicamente desde su militancia insurgente ni desde los cargos públicos que ocupó. Su importancia histórica está relacionada con el tránsito de la confrontación armada a la disputa política institucional y con la defensa de una Constitución que amplió las posibilidades de participación de sectores antes marginados.

Su experiencia tampoco significa que la paz colombiana haya quedado resuelta con el acuerdo de 1990. La persistencia de la violencia, los asesinatos de líderes sociales, las desigualdades territoriales y las dificultades para implementar otros acuerdos muestran que la construcción de paz continúa siendo una tarea pendiente.

Pero la historia de Antonio Navarro Wolff permite recordar que la negociación política puede abrir caminos de transformación incluso después de décadas de confrontación.

A 35 años de la Constitución de 1991, su muerte invita a revisar no solamente la historia de quienes participaron en su construcción, sino también el cumplimiento de las promesas democráticas que quedaron consignadas en aquella Carta Política.

Antonio Navarro Wolff fue ingeniero, profesor, insurgente, negociador de paz, constituyente, ministro, congresista, alcalde y gobernador. Su trayectoria atravesó algunos de los capítulos más complejos de la historia reciente de Colombia.

Deja como parte de su legado la experiencia de una organización que abandonó las armas, participó en elecciones y contribuyó a transformar el orden constitucional del país.

Su historia recuerda que la paz no consiste solamente en terminar una guerra, sino también en construir las condiciones políticas y sociales para que las diferencias puedan resolverse sin recurrir nuevamente a la violencia.

El Margen Público | Noticias, política y territorio.
Por Elkin Calvo.

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